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诊所博客

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La terapéutica del cáncer se encuentra en un punto de inflexión. Hasta ahora el abordaje de los tumores ya declarados consiste en extirparlos quirúrgicamente, cuando son operables, o en administrar radioterapia o quimioterapia, bien solas, bien de manera conjunta o como complemento a la cirugía. Puesto que según la epidemiología, una de cada tres personas padecerá un cáncer a lo largo de su vida, le ha tocado la lotería si le cae un tumor de los que se curan sólo con operar.

Pero si todo problema oncológico se resolviese únicamente con cirugía, los especialistas en oncología médica y oncología radioterápica estarían de brazos cruzados. Y lo que es más alarmante, la poderosa industria farmacéutica, que consigue gran parte de sus beneficios con la fabricación de fármacos quimioterápicos, sufriría grandes pérdidas. Por ello hay que potenciar desde el punto de vista de la investigación los estudios que "demuestren" los beneficios de la quimioterapia y la radioterapia sobre los tumores. Actualmente, ya no son fármacos quimioterápicos llamados citostáticos (que alteran o modifican el ciclo celular) los que más se prodigan sino modernos anticuerpos monoclonales que presuntamente intervienen en distintos puntos de la biología celular, bloqueando o inhibiendo la expresión de factores formadores de vasos sanguíneos u otros procesos que se estiman vitales para el desarrollo de los tumores. Por lo menos, así nos los presentan. Y el precio de estos modernos fármacos antitumores, los llamados anticuerpos monoclonales, no son en absoluto baratos.

Sí, no es una errata. Ayer tuve ocasión de acudir a una conferencia del cardiólogo Valentín Fuster que ha desarrollado gran parte de su investigación sobre el síndrome coronario en Estados Unidos. Fue un placer oírle hablar de algo que conoce como muy pocos pero además con gran sentido común y clara mentalidad investigadora y práctica. Me llamaron la atención varias cosas que intentaré resumir.

Durante dos años ha reclutado más de seis mil pacientes para aplicar sobre ellos hasta siete exploraciones cardiológicas no invasivas tratando de descubrir quién tiene un riesgo silente de desarrollar un infarto de miocardio. Para conseguir ese número de pacientes en este tiempo, no llamaron a los pacientes a los hospitales sino que se habilitó un enorme remolque de camión americano que portaba el equipamiento necesario, hasta una resonancia magnética. Se trataba, pues, de una gran unidad móvil de exploración cardiológica, algo así como los dispositivos ambulantes para hacer mamografías pero más sofisticado. Con ello consiguió adherencia de los pacientes para hacerse las pruebas, una tras otra y redujo los costes de la investigación a unos 30 millones de dólares (que ya es dinero, pero que de no haberlo hecho así el coste hubiese sido mayor y el estudio más prolongado en el tiempo).

星期二, 25 9月 2012 22:29

Querer curar el cáncer

El cáncer es un término genérico que se aplica a un grupo de enfermedades que se caracterizan por la proliferación anómala, desordenada y descontrolada de un conjunto de células. Sobre su origen, por qué se producen, sabemos algunas cosas e ignoramos muchas más. Se han invocado la acción de sustancias tóxicas exógenas, sobre todo el humo del tabaco, abuso de alcohol, alimentos grasos, algunos colorantes o aislantes, derivados del benceno,... pero también fármacos, radiaciones ionizantes, agentes infecciosos. Y cómo no, una especial vulnerabilidad del individuo que lo padece avalado por la genética que determina mutaciones en los sistemas de control de la replicación celular o en la reparación de los genes dañados. Se diría, pues, que de la interacción -puntual o continuada- de una sustancia tóxica con las barreras defensivas del individuo se da o no se da el desarrollo de un cáncer. Importa, por lo tanto, tanto la agresividad del agente extraño para producir un cáncer como la resistencia del individuo para evitar tal desarrollo. Este esquema general rige, mutatis mutandis, para la instauración de enfermedades infecciosas.

Nos habíamos malacostumbrado. Esta generación (podemos estimar "generación" como lo que dista de los padres a los hijos, unos treinta años) ha vivido al amparo de un Estado que ha facilitado la atención sanitaria universal y gratuita. La Ley General de Sanidad (LGS) de 1986 fue acaso su vértice, el momento en el que se explicita ese derecho que ya se venía percibiendo desde los últimos años del anterior régimen. Pero también la LGS abría la puerta a lo que ha sido el declive de este derecho: la descentración de la sanidad y el reparto de competencias a las diferentes comunidades autónomas. Completadas estas transferencias en 2000 se abrió la puerta a una gestión regional que ha disparado las tasas de ineficiencia y de desigualdad de trato.

Cuando uno vive inmerso en una manera de hacer las cosas que es relativamente cómoda, le resulta difícil plantearse que puedan ser de otra manera. Por eso tendemos a escandalizarnos cuando comparamos nuestro modelo sanitario con otras formas de organizar la sanidad por otros países o en otros tiempos. Mismamente en España hace un siglo el que enfermaba tenía que pagar su médico y su tratamiento, si tenía para ello. La beneficiencia estaba inventada (casa de socorro, de maternidad, de misericordia o centros nosocomiales de convalecientes) pero su actividad era escasa en el conjunto social. Durante los últimos decenios en este país la atención sanitaria pública ha sido universal y gratuita, con una elevada cualificación profesional y unos recursos materiales que suponía que el 20-25% del producto interior bruto (PIB) se destinaba a gasto social. En los países de nuestro entorno este porcentaje ha sido incluso mayor, dando fe de la importancia que tiene para los estados modernos velar por los bienes sociales, y la salud es uno de ellos.

La mayoría de los médicos asistenciales que actualmente ejercen en España hemos pasado durante un periodo más o menos largo prestando nuestros servicios en la red pública. El sistema MIR (Médico Interno Residente) ha servido para formar médicos especialista durante los últimos treinta años. Y aunque sólo haya sido durante este periodo, que oscilaba entre tres y cinco años, hemos aprendido a hacer las cosas conforme nuestros veteranos colegas nos enseñaban. Después, una vez obtenido el título de especialista, unos seguían en el sistema público como médicos adjuntos, con plaza en propiedad si superaban alguna de las escasas oposiciones que se celebraban, o bien como interinos, sujetos a renovaciones de contratos. Otros optaban por la medicina privada que ya compaginaban los adjuntos mayores, a veces como único camino porque no quedaban plazas para ejercer en el sistema público.

La enfermedad es algo que acontece en el transcurso de la vida, siendo raro que no lo haga. Estadísticamente, es más frecuente conforme pasan los años y la estructura biológica que nos envuelve desde el nacimiento y que llamamos cuerpo va sufriendo el deterioro inherente a la materia. Con el paso de los años aparecen achaques que pueden ser más o menos invalidantes pero que avisan del desgaste. Así que tarde o temprano, con mayor o menor asiduidad y necesidad, los seres humanos acudimos al médico en busca de remedio para estas dolencias.

La sanidad privada ofrece recursos sanitarios a pacientes a cambio de dinero, bien directamente o bien cotizando a través de mutuas a aquellos que están asegurados. La sanidad pública en nuestro país está sufragada por el Estado con los impuestos de todos los ciudadanos que cotizan y hasta hace bien poco se administraba de manera universal y gratuita. Ahora el universo es menos universal y lo gratuito cada vez lo es menos, señal inequívoca de que los sistemas sanitarios mixtos están en ebullición. Para quienes tienen poder adquisitivo, crece la necesidad de derivar parte de sus recursos a suscribir una póliza de seguro médico privado. Aunque goce de la cobertura de la sanidad pública, intuye que los anunciados recortes presupuestarios pueden incrementar la demora en la realización de pruebas diagnósticas o en procedimientos quirúrgicos.

La situación de la sanidad en España está cambiando de manera notable y cada día se producen nuevas noticias sobre prestaciones y utilización de recursos. De hecho, recursos públicos y privados están llamados a entenderse y cooperar para dar un mejor servicio asistencial a los usuarios. En este artículo publicado en la revista del mes de junio de "Más Gran Vía" de la Asociación de Empresarios de Gran Vía, se dan unas pinceladas a las transformaciones que probablemente se llevarán a cabo.

Mucho se ha escrito sobre los modelos sanitarios privados en comparación con los públicos. Y mucho se seguirá escribiendo, pues es una cuestión candente con la transformación que, al albur de la necesidad impuesta por la crisis, está experimentando el sistema sanitario público como hasta ahora conocíamos.

En el comentario a una entrada anterior de este blog alguien apuntaba que el Estado no es una empresa. En cierto sentido no, porque no es un ente creado para obtener beneficios, y además el Estado tiene el monopolio de la violencia algo que una empresa no se puede arrogar salvo que hablemos de organizaciones mafiosas. El Estado no debe ser una empresa por más que los que forman parte del aparato político no sólo tengan su sueldo sino que algunos se lucren a costa de sus cargos. Pero el Estado es la "empresa" con más trabajadores: el sufrido funcionario que ahora está más que nunca en el candelero.

Me decía una persona que "la razón principal por la que los médicos se van a la privada es principalmente por dinero, no por calidad". Dejando aparte unos cuantos colegas a los que el ámbito público no les permitiría, en lo profesional, hacer ciertos pinitos (entendiendo por tal conductas diagnósticas o terapéuticas excesivamente vanguardistas y hasta controvertidas), lo cierto es que muy probablemente la mayor parte de los médicos que trabajan en la privada es, efectivamente porque tienen mayor retribución. Lo que gana un médico en la sanidad pública es un salario fijo (bueno, ahora no tanto porque no para de recortarse) que a fin de mes cobra seguro trabaje lo que trabaje. Puede incrementar algo su miserable sueldo base con retribuciones adicionales por guardias que no siempre salen rentables, pero muchas veces son imprescindibles para poder sobrevivir. Lo que gana un médico en la privada suele estar directamente vinculado a su productividad, existiendo una relación directa entre lo que trabaja y lo que gana. Sabe que para lograr el sueldo hay que trabajar. Y en buena lógica, cuanto más trabaje, más ganará. Esto supone una ventaja respecto a su colega de la pública que tiene un "techo" que no podrá superar, trabaje lo que trabaje. Y además, como apuntábamos, ese "techo" cada vez se aproxima más al suelo ¡a pesar de que le exigen que trabaje más!

Ha entrado en vigor el Real Decreto que obliga a los médicos del sistema público a no atender a pacientes que carecen de tarjeta sanitaria. La medida adoptada por el gobierno ha tenido respuestas muy variopintas en los colectivos, incluso entre las autoridades de las diferentes autonomías. Puesto que en otra entrada (cuando hablamos de la fractura del Estado del bienestar) ya anunciamos las repercusiones que podía tener, ahora sólo queremos analizar el punto de vista de los médicos y de los pacientes entendida esta relación meramente desde la vertiente profesional y contractual.

En síntesis, la medida legislativa viene a prohibir que los médicos del sistema sanitario público dediquen el tiempo o los recursos del sistema sanitario público a destinatarios sin cobertura asistencial. Y excluye fuera de este ámbito a un colectivo otrora amparado: los inmigrantes en situación irregular, los “simpapeles”. No deja de ser sangrante que una vez más son los más desfavorecidos el blanco de los recortes de la crisis (o estafa) que estamos viviendo.

关于本尼托诊所

路易斯本尼托博士是消化科专家,在马德里各大医院进行消化内镜诊断并且经营自己的诊所。在最近的十五年内已经成功实施了超过两万五钱例消化道内镜。电视和电台健康频道签约合作伙伴,在国内外多篇科学杂志发表论文,在其博客上每月患者问答有两万人次的访问量。

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